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martes, 8 de marzo de 2022

Exotismos y Crudezas Chilangas Del arraigo al naufragio, y sin boleto de regreso II

(Publicado originalmente en Gaceta del Parque el 7 de septiembre de 2021)


"Estoy tratando de sobornarte con el peligro, con la incertidumbre, con la derrota.”

JLB

 

Prisioneros de la nostalgia

En tiempos oscuros la comprensión, el simple diálogo, se tornan desafíos descomunales. El discurso resulta babélico y las más elementales ideas son difícilmente expresadas, compartidas. Acudimos entonces a imágenes bien conocidas y mensajes telegráficos transmitidos por generaciones desde tiempos inmemoriales: todo tiempo pasado fue mejor, la juventud actual es decadente, ya no existe el respeto, no hay valores (mi papá me contaba como este tipo de frases se decían desde la Grecia clásica, y como pensadores de distintas épocas se mofaban de esas ideas). Ese tipo de afirmaciones rituales, es decir, comentarios aptos para cualquier situación, como mencionar el clima o lo hermosa que es la provincia, el terruño, el noble barrio, etcétera, siempre son algún refugio, alguna prisión.

Por eso estamos ávidos de historias sorprendentes que sacudan la abulia de los días en sucesión despiadada, aunque sean el vulgar chisme, la maledicencia, la desgracia ajena, el desliz de la persona más ordinaria. Historias o episodios de escarnio y vergüenza que no son más que variantes para soportar la rutina de días con expectativas obtusas.

¿Y qué? Esas frases, esos relatos, esas imágenes, esas canciones de Amor Perdido, aunque como digan es cierto que vive dichosa sin uno… aunque de este tren de la ausencia mejor me quiera bajar… ese escalón en uno de los accesos del Palacio de Minería, esa banquita frente a la nevería en uno de los extremos del antiguo Colegio Militar, esa caminata por calles del centro de Tlalpan, esa cafetería en el andador del Canal Nacional, en una tarde o noche fría, lluviosa, como ésta… y así incontables nostalgias por el estilo que todos portamos. ¿Hay modo de compartirlas sin caer en el simple azote?

 

Las piedras rodando se encuentran

Lo pierde todo quien no descubre que la victoria ha sido otra, aunque ésta sea simplemente no atorarse en el abismo y emerger sin pretender venganza, ni perdón, ni mucho menos olvido, para intentar elevarse a algún otro cielo, a algún otro instante de efusividad y delirio. O al menos, de embriaguez.

Atarnos al pasado es no saber construir porvenir, ni en lo individual ni mucho menos para la colectividad, por que ¿Qué somos sin los otros? ¿Qué somos sin un amor intenso y desgraciado que nos deja sin ganas de volver a sentir?

Así es el amor a esos sitios y sus recorridos, a esta ciudad infinita que reinventamos cada día para detestarla, y añorarla, cada noche. Así es el amor a esas personas que abandonaron, o que abandonamos. En este rolar ¿Algún día nos habremos de encontrar? Entre tanto peligro instalado a la vuelta de cada esquina ¿Cómo cuidarse mientras tanto? ¿Qué Dios demencial habrá de darnos alguna bendición? ¿Cómo evitar hacer algo malo que esa inolvidable no haría?

Pero el simple sentimiento no configura ciudadanía, ni arraigo. El simple sentimiento no salva, más bien por el contrario, amenaza con la condena eterna a alguna forma de infierno. Naufragar ahí es la prisión, es el errar sin rumbo, sin un corazón que cobije.

viernes, 25 de febrero de 2022

Exotismos y Crudezas Chilangas ¿Cómo hemos llegado a esta sucursal del infierno?

(Publicado originalmente en Gaceta del Parque el 19 de julio de 2021) 

 

Todos somos responsables, nadie es inocente (igual, a nadie le importa)

Procrear es la pulsión de la naturaleza para persistir como especie, y en tiempos civilizados se trata de que sea una decisión libre, informada y voluntaria la de tener o no tener descendencia. Derecho a la vida a secas para algunos, derecho a una vida digna y con acceso a derechos, replican muchas otras. Nadie sale vivo de acá y las oportunidades para ser felices o desgraciados se distribuyen de maneras misteriosas e insondables. Depende principalmente de dónde y con quiénes te toco llegar, aunque nuestro proverbial echaleganismo dicta que si le atoras la haces.

Que eso no funcione para jornaleros agrícolas, indígenas, trabajadores de la construcción y trabajadores manuales en general, para millones que cuando niños nunca conocieron una escuela digna ni algo remotamente parecido a educación de calidad y capital cultural alto, para los millones que todos los días se la parten y de cualquier modo sus ingresos siempre están por debajo de sus necesidades de subsistencia, aunque algunos cuantos de ellos ya ostentan grados académicos y hacen malabarismos con el privilegio de diversos contratos temporales, pues es porque hay que seguir echándole ganas…

La violencia se ceba con los más vulnerables, los más débiles, mujeres, indígenas y minorías étnicas, adultos mayores, personas con discapacidad, niños, niñas, adolescentes, jóvenes… porque se vuelve estructural y ocurre en barrios, en centros de trabajo, en escuelas, y por supuesto, en el hogar.

 

Lasciate ogni speranza

Hace alrededor de 30 años, en la estación Tacuba del metro, dirección El Rosario, vi alguien que me impactó. Eran más de las once de la noche y en el andén desolado una niña, tal vez de unos 11 años, muy esbelta, pálida, con una falda recta, suéter ligero, calcetas cortas y tenis, un morral tejido de lana, muy de aquellos años, prendas gastadas pero limpias, los brazos cruzados y un gesto duro, una mirada que rayaba en la furia. Creo recordar que cuando bajé en Camarones, destino de siempre en aquellos años, ella siguió en el vagón casi totalmente vacío. Es posible que simplemente ya no la haya visto.

He visto numerosas escenas conmovedoras y desgarradoras por igual de niñas y niños en el transporte, pero nunca vi nada parecido, la imagen misma de la soledad, del valor de arreglárselas por sí misma, de una actitud tan lejana al temor o a la simple tristeza, pero a la vez tan representativa del abandono.

A tantos años de distancia, hoy se cuentan por miles los niños, niñas y adolescentes que por tantos lugares en el mundo, todos los días, atraviesan distancias inmensas sin ninguna compañía, sin otro anhelo que llegar a un lugar distinto al infierno que decidieron dejar atrás.

No sabemos sus historias por más que podamos especular sobre sus motivos, sus temores, sus afectos, sus dolores, sobre esos anhelos por arribar a alguna promesa de futuro. ¿Quiénes de ellas y ellos lo lograrán? Siguen siendo anónimos, como aquella niña de hace tantos años.