miércoles, 25 de junio de 2014

Desempolvando experiencias en la atención al "bullying"

El hecho de que “desde siempre” haya existido violencia escolar impide ver que ahora es más cruda y recurrente, que ha crecido tanto en intensidad como en frecuencia. Por otra parte, se hace lugar común que la violencia es de los hogares y las comunidades, por lo que docentes y autoridades escolares poco pueden hacer. Esto es simplemente eludir la responsabilidad, y nadie dice que sea fácil asumirla. No se trata de que los padres y tutores no la tengan, se trata de que en las escuelas son las autoridades escolar y educativa las que deben encabezar las acciones para que también los familiares asuman la suya.

El bullying se caracteriza por ser 1) recurrente, es decir, presentarse durante un periodo prolongado, 2) sistemático, al converger conductas violentas tanto psicológicas y simbólicas (humillación, rumores, agresiones verbales), como las económicas y las físicas (dañar, ocultar o sustraer pertenencias, empujar o golpear), pero además, 3) implica siempre un desequilibrio de poder: es de uno más grande, más fuerte, incluso de uno más inteligente o simplemente más audaz, contra alguien que no cuenta con alguna de estas características.
Los testigos siempre son clave en ese desequilibrio: se agrupan del lado del “fuerte” (inteligente, audaz) por conveniencia o porque entre estudiantes es bien visto “adaptarse”, o simplemente permanecen pasivos, indiferentes.

Romper ese desequilibrio es posible si los testigos apoyan a quien sufre cualquiera de las formas de violencia, pero eso sólo puede propiciarse en ambientes escolares donde los docentes y directivos saben educar a los escolares para ello. Muchas veces, ocurre exactamente lo contrario: son los mismos maestros quienes animan, o al menos se desentienden, de las humillaciones y maltratos entre los estudiantes.

Eso es exactamente lo que el pasado 14 de mayo ocurrió en el caso de Héctor Alejandro Méndez Ramírez, en la secundaria No. 7, “Eleazar Cervantes Gómez” de Ciudad Victoria, Tamaulipas. La maestra y la directora se desentendieron, a pesar de que la maestra se encontraba en el aula. Peor aún, luego se empañaron en seguir minimizando la situación, al ocultar a la familia que Héctor Alejandro había sido lesionado.

A continuación, presento un documento que data de hace exactamente tres años, escrito al concluir mi colaboración como promotor en un programa que en la Secretaría de Educación del Distrito Federal se llamaba "Escuelas son Violencia". Se publica para abonar el debate, y para reemprender el uso de este arrumbado espacio. De hecho, me queda claro que tres años después, el problema ha empeorado. Se omiten los nombres de dos escuelas mencionadas como ejemplos de opciones para seguimiento de buenas prácticas, pues tanto tiempo después ya resulta irrelevante identificarlas.

Problemas generales de una estrategia para prevenir y atender el fenómeno de maltrato y violencia entre escolares “bullying”: notas para un debate situado
Junio 2011
Presentación general
La situación concreta que enfrentamos recuerda la imagen de una rana en una cacerola, indiferente al fuego que terminará cociéndola. ¿Y si salir significa saltar de la cacerola al fuego? La única solución es apagar esa estufa…

Como el horno no está para bollos dejo mis conclusiones –que asumo demasiado personales–, sobre la situación que enfrentamos para actuar en las escuelas. Tomo como punto de partida algunas notas sobre aspectos clave que conviene observar respecto a la situación prevaleciente en nuestras escuelas de educación básica en el Distrito Federal. A partir de esto planteo reforzar algunas líneas generales de estrategia, con el objetivo de consolidar el modelo de intervención.

No se trata de descubrir el hilo negro ni de inventar el agua tibia. Simplemente me interesa problematizar y plantear una ruta de discusión ante el manoseo y la irresponsabilidad que prevalece sobre el tema del maltrato y la violencia entre escolares en medios y por los políticos. No dudo que lo que se planteará pudiera suscitar polémica. No dudo que pudiera resultar irrelevante. A fin de cuentas, se ha elaborado intempestivamente.

I. Situaciones generales en las comunidades educativas
En el plano general, sólo mencionaré algunos aspectos del entorno en el que funcionan las escuelas y que son estrictamente característicos de nuestro sistema educativo. Es decir, son situaciones que ninguna experiencia internacional puede mostrar, pues en otras latitudes el sistema educativo sirve para lo que está diseñado: para educar, y en general tanto padres de familia como autoridades educativas y docentes asumen sus responsabilidades al respecto. Eso genera las condiciones básicas para que los niños aprendan y convivan con alternativas viables ante la violencia, que aun así existe y se desborda. Acá el sistema educativo sirve para cualquier otra cosa, y lo sabemos, por eso el reto para prevenirla y atenderla es más formidable.

Los ínfimos niveles de la calidad educativa
Todos los estudios existentes coinciden en que el nuestro es el peor sistema educativo entre países con los mismos niveles de desarrollo relativo. Más allá de las pruebas “Enlace” y “Excale”, que arrojan resultados desalentadores, recientemente la prueba PISA 2009 demostró que un porcentaje mayor al 60% de los jóvenes de 15 años no son capaces de resolver problemas elementales en ciencias o matemáticas, ni de comprender adecuadamente un texto. En ninguna de las áreas de conocimiento el nivel sobresaliente lo alcanzan más de 3% de los jóvenes.

He escuchado a docentes lamentarse de que no están educando a los niños para aprender algo importante, sino simplemente para pasar la prueba enlace. Todos hemos escuchado que para los días que se va a aplicar la famosa prueba, se sugiere a los niños de bajo desempeño que de plano no asistan, a fin de que no afecten negativamente los resultados globales de su escuela. Recientemente se documentó el tráfico y venta del examen para ocupar plazas de docente en educación básica, y está clara la complicidad de autoridades educativas y del SNTE en esa práctica. De ese tamaño son los niveles de cinismo y simulación que se viven en la educación.

La desvalorización del papel del docente
Cuando yo era niño escuchaba a muchas niñas, niños y hasta a mi hermana (que por otra parte nunca fue muy buena en la escuela) que querían ser maestras o maestros cuando fueran grandes. Ya no convivo con muchas familias con hijos, pero hace mucho que no escucho que nadie me platique de algún hijo con vocación por la educación. Tampoco puedo recordar que familiares o amigos se expresen positivamente de la labor docente.

Más allá de esas percepciones personales, el hecho documentado es que los procesos de ingreso, permanencia y promoción de los docentes adolecen de severos vicios y corrupción que impiden que los docentes más competentes puedan aspirar a mejores remuneraciones y cargos directivos en el sistema. El ingreso por compra de plazas o por “herencia” es una práctica común que me lleva a sostener, con todas las personas con las que hablo de esto, que el problema no es que cualquiera quiera ser maestro, sino que cualquiera es maestro.

La consecuencia es inevitable: docentes sin estímulos para hacer mejor su trabajo, directivos que deben sus cargos no a la competencia docente ni administrativa, sino a favores o componendas, estructuras de control y supervisión que no entienden ni les interesa la aplicación adecuada de los planes y programas ni de los procesos de reforma educativa en marcha (espléndidos en el papel, desconocidos o incomprendidos por los docentes), simulación general y resultados como los que se mencionaron en el apartado anterior.

Por supuesto que existe una proporción importante de docentes con vocación, competencias y que se esfuerza por hacer un trabajo de calidad. El hecho es que sus esfuerzos no son suficientes para sustentar, menos para recuperar, el prestigio de una profesión venida a menos y sin indicios de que los procesos de evaluación y los estímulos correspondientes mejorarán pronto las condiciones descritas.

La inexistencia de la participación de los familiares en las escuelas
Los padres están acostumbrados a que las “juntas escolares” son para pedir cuotas, firmar boletas, reportar situaciones de rendimiento o disciplina, nombrar tortuosamente a sus representantes en las mesas de padres de familia, organizar alguna actividad cívica, alguna celebración, y para pedirles que se sumen a brigadas para limpiar la escuela, pintarla y otras obras de mantenimiento. Su intervención en aspectos sustantivos del proceso de enseñanza aprendizaje o de la gestión del centro escolar es poco menos que inexistente.

La fabulosa mesa, o junta de padres de familia si acaso administra las cuotas y programa las tareas de mantenimiento al plantel. Tampoco tiene ninguna injerencia para hacer observaciones o sugerencias sobre la calidad del trabajo de los docentes o sobre la capacidad organizativa y administrativa del director.

Al inicio del actual ciclo escolar (2010-1011) el Secretario de Educación Pública anunció con bombo y platillo que el “divorcio” entre las escuelas y los padres de familia se empezaría a revertir, estableciendo los lineamientos para la instalación en todas las escuelas de los “Consejos Escolares de Participación social”, definidos desde el Acuerdo Nacional para la Modernización de la Educación Básica (1992) y la Ley General de Educación de 1993, pero que en la práctica no estaban operando.

El problema de fondo es que la misma Secretaría concibe a la participación como esa intervención de los padres para el mantenimiento de las escuelas, ante las limitaciones de recursos, pues “el gobierno no puede hacer todo” (sic). No tenemos tradición de participación social, y más aún, no hay interés ni estímulos para que los padres intervengan realmente en la atención y la solución de la problemática escolar, o ante fenómenos específicos como la violencia y el maltrato entre escolares.

El lugar común dice que los familiares deben vigilar a sus hijos, supervisar que cumplan con sus tareas, mantener una comunicación estrecha, tratarlos con respeto y cariño, etc. ¿Qué pueden hacer las familias para mejorar realmente la calidad de la educación de sus hijos? ¿Qué pueden hacer para exigir el cumplimiento de su derecho a recibir una educación de calidad? ¿Cómo participar en escuelas a las que sólo son convocados para aportar cuotas, lavar o pintar? Probablemente contamos con pocas, o ninguna, respuestas a preguntas como estas.

La concepción sobre los “educandos” como simples receptores en un proceso autoritario de enseñanza-aprendizaje
“Ni las niñas a las que se les dijo que denunciaran el abuso y cuando lo hicieron les escupieron en la cara un ‘la autoridad no te cree nada’, ni los jóvenes peyorativamente apodados ninis, ni los millones de bullies que asumen el poder de la violencia como liderazgo, ni los miles que a los 13 consumen y venden tachas en la escuela, llegaron allí por sí mismos. Detrás hay millones de personas adultas que no se atrevieron a reinventar la educación, a comprender los retos y peligros que, muchos creen, se pueden enfrentar con viejos modelos educativos basados en un modelo jerárquico de poder que silencia el disenso y niega el miedo.” Lydia Cacho, El Universal, 23 de mayo de 2011.

En los documentos oficiales rara vez se habla de estudiantes, menos aún de su participación, o siquiera del ejercicio de sus derechos, o si se habla, difícilmente se establecen criterios concretos y estrategias para hacerlos efectivos. El termino oficial es educando (el que se educa, el que recibe educación), que es como se hace referencia al estudiantado en la Ley General de Educación.

Ni los docentes ni los familiares tienen la menor idea de que niñas y niños son sujetos de derechos, o si la tienen, ésta se deforma fácilmente bajo la falsa idea de que no suponen obligaciones para niñas y niños y que son derechos contrapuestos a los de los docentes, y hasta a los de los padres y tutores. Se ha generado el estigma de que los derechos humanos sirven para proteger transgresores y dificultar las sanciones. En esto queda un larguísimo camino por recorrer.

Peor aún, en tanto los familiares tienen poco o nulo interés en la calidad de la educación que reciben sus hijos, implícitamente asumen a la escuela como reservorio de los niños, como la “guardería” que les permite literalmente olvidarse de sus obligaciones como padres o tutores. La escuela es la “caja negra” en la que, a menos que sucedan cosas graves (cambios drásticos de calificaciones, violencia, abusos), no es necesario indagar qué pasa, ni cómo funciona.

Alejandro Castro Santander, especialista en el tema, gusta de afirmar que deberíamos dejar de hablar de los niños para empezar a hablar con los niños. La simple posibilidad de establecer un diálogo con los niños para revisar su percepción de cómo viven la escuela, qué problemas les importan, qué les gustaría mejorar de la escuela en general y cómo podrían mejorar además su rendimiento escolar, es poco menos que un anatema para docentes y familiares. El hecho concreto es que prácticamente nunca se toma en cuenta la opinión de las niñas y los niños para diagnosticar la situación del ambiente escolar ni para atender cualquier problema que les atañe. Simplemente se toman las decisiones y se les imponen.

Más triste aún es que cuando se agendan actividades como la que nosotros realizamos, se decide de manera unilateral cuáles son los grupos que deberán asistir a la actividad (o peor aún, los estigmatizados por ser los que “necesitan la plática”), se las programan y el día de la cita simplemente se hace la actividad sin informarles, salvo honrosas excepciones, de lo que van a hacer. Eso es violencia. Nunca hemos solicitado que se informe a los estudiantes que participarán en esta actividad. Es cierto que, aunque lo solicitemos, seguramente no le avisarán a las y los estudiantes, pero ese no puede ser el criterio a seguir para conformarnos con acordar la cita con la dirección escolar. El simple hecho de que los estudiantes y sus familias sean efectivamente informados de que se va a realizar la actividad ya sería un indicador importante de cómo es el ambiente escolar, de la situación de los derechos de niñas y niños y del grado de involucramiento de los actores en la vida escolar. Volveré sobre esta cuestión.

Estilos de trabajo rutinarios y verticales por parte de docentes, desinterés de familiares sobre el funcionamiento y los resultados de la calidad de la educación que reciben sus hijos e hijas, ignorancia sobre los derechos de las niñas y los niños e inexistencia de estímulos para la participación y toma de decisiones por parte de éstos, conforman ambientes escolares en donde las situaciones de violencia son sólo uno más de los problemas de una educación que sirve de poco, o prácticamente no sirve para nada. ¿Quién apagará la condenada estufa?

Todas estas situaciones representan factores de deterioro de las relaciones entre los distintos actores de las comunidades escolares (docentes, estudiantes, familiares), que afectan directamente el ambiente escolar generando exclusión educativa. Se trata de visibilizar situaciones concretas de existencia de los actores de esas comunidades que inciden directamente en la problemática escolar, y por supuesto, en la violencia.

La lógica de silencio ya no digamos sobre la violencia, sino sobre la situación general de la educación, la insensibilidad de los docentes y familiares sobre las dimensiones de los problemas, la evasión de cualquier responsabilidad y las soluciones de dudosa validez por parte de autoridades a todos los niveles (desde la escuela hasta el Secretario de Educación Pública), sólo son un marco general que ilustra lo que Claus Offe llamaba “irresponsabilidad organizada”, donde cada quien tiene sus argumentos para salvaguardar intereses y pretender dejar todo como está.

En ese panorama general la temperatura sólo seguirá elevándose, y la rana terminará cocinada lentamente sin siquiera darse cuenta.

II. Para atender limitaciones estratégicas del modelo de intervención
No me referiré a las limitaciones político-administrativas, que son de sobra conocidas, y van desde la negativa a entregarle el control del sistema educativo local al Gobierno del DF, a las incongruencias entre lo que postulan los documentos internos de la SEDF y la manera cómo su titular y sus colaboradores cercanos manejan el área. Esas condiciones están totalmente fuera de nuestro alcance.

Lo que sigue son cuestiones en las que estoy convencido podemos poner atención y actuar de manera consecuente. No se pretende que éstas sean las únicas cuestiones estratégicas a revisar, y tal vez ni siquiera sean las más importantes. Son aquellas que la experiencia vivida me indica que pueden ayudar a fortalecer los resultados y consolidar los logros del modelo de intervención.

Reforzar el enfoque de ciudadanía y derechos humanos
En alguna ocasión expresé mis reservas sobre la atención que le estamos dando a los cuatro enfoques del modelo de intervención con la metodología que estamos aplicando. Evidentemente las habilidades psicosociales ocupan un lugar preponderante, pero lo relativo a derechos humanos, educación para la paz y perspectiva de género presenta lagunas y limitaciones que habría que revisar a fondo.

Así mismo, el equipo ha expuesto sus dudas en lo relativo al manejo del tema de los derechos humanos. Tanto el cuestionamiento constante por parte de docentes y directivos con base en lo que ellos entienden (o malentienden) por derechos humanos de las y los niños, como el uso irresponsable que en algunos casos los padres pretenden hacer del tema, generan un ambiente poco propicio para sensibilizar a todos los actores de la comunidad educativa respecto a cuestiones básicas como:


  • La universalidad de los derechos (es decir, los derechos de unos no se sobreponen a los derechos de otros).
  • Su ejercicio responsable por todos como condición para su cumplimiento efectivo.
  • La importancia de su aplicación para que los procedimientos de responsabilidades y sanciones nunca vulneren los derechos de las partes involucradas (contra la difundida idea de que los derechos humanos protegen a quienes violan las normas y no a las víctimas).
El conocimiento y ejercicio de los derechos humanos es la condición básica para la construcción de la ciudadanía, y en esa medida, para una convivencia sin violencia, con respeto a las normas, las leyes y los derechos de todos. Claro que en nuestro país y en las condiciones que vivimos y trabajamos, esto resulta casi utopía. Esto no obsta para seguir propugnando que se haga realidad. La abolición de la esclavitud, el sufragio femenino o los derechos civiles universales también han sido utopía en su momento. Todo el tiempo vemos como se cuestionan derechos básicos, como la libertad de expresión, de disfrute del propio cuerpo, de ejercicio de libertades básicas, de vida libre de violencia…

Perder el foco de los derechos humanos (es decir, no contar con suficiente claridad sobre su importancia) en nuestras bases conceptuales, metodológicas y operativas, representa un riesgo serio para el cumplimiento de los objetivos que el modelo “Escuelas sin Violencia” busca lograr. La articulación del enfoque de habilidades psicosociales, que el equipo maneja sin mayor dificultad, con los otros tres enfoques, pero especialmente con el de derechos humanos, es un aspecto pendiente de revisar en la metodología que estamos aplicando.

Incluso la aplicación del enfoque de derechos humanos se encuentra en plena congruencia con los contenidos relativos a formación cívica y ética dispuestos por los planes y programas de estudio a lo largo de toda la educación básica. Esto es materia del siguiente aspecto a revisar para fortalecer nuestra estrategia.

Profundizar en la articulación del modelo con los procesos de reforma educativa
Por limitados y simulados que parezcan (de hecho, lo son en su aplicación), la Reforma Integral de la Educación Básica (RIEB) y la reforma anunciada hace pocas semanas (Acuerdo por el que se establece la articulación de la educación básica) son marcos generales que abren ventanas de oportunidad para el modelo “Escuelas sin Violencia”.

El aprendizaje por proyectos, el desarrollo de competencias, y dentro de éstas, lo que la RIEB propone como competencias para la vida, así como los contenidos curriculares relativos a formación cívica y ética desde preescolar hasta secundaria, representan aspectos que los docentes deben asimilar y desarrollar para su trabajo cotidiano. Lograr que directivos y personal docente dejen de ver los enfoques y contenidos del modelo Escuelas sin Violencia como simples buenas intenciones, como puro trabajo extra para sus sobrecargadas tareas, o peor aún, como palabrería, es una posibilidad real si alcanzan a asimilar que las coincidencias conceptuales y metodológicas con esas disposiciones de la RIEB, e incluso con el proceso piloto de “articulación de la educación básica” son sustanciales.

Durante el ciclo escolar 2009-2010, así como durante el arranque del ciclo que ahora va terminando, pude constatar la tortuosa manera como los docentes iban aplicando, casi dando palos de ciego y más por la solidaridad entre maestras y maestros que por las directrices y el apoyo de las autoridades educativas, los procedimientos y tareas que deben cumplir de acuerdo a las disposiciones de la RIEB. Había sido escasa o nula la capacitación provista para que asimilaran, comprendieran y aplicarán los nuevos planteamientos de diseño curricular y los procedimientos de trabajo correspondientes.

En la medida en que el modelo “Escuelas sin Violencia” no visualice y aproveche las coincidencias conceptuales y metodológicas que presentan las estructuras curriculares de la RIEB, no estaremos ofreciendo alternativas a los procesos rutinarios que deben cumplir los maestros, con lo que seguirán discurriendo por la simulación y la incomprensión en una ejecución enajenante de tareas dictadas desde fuera de las aulas y de la problemática concreta de la comunidad escolar.

Por parte del modelo no se requiere mayor adaptación, sino el simple análisis de aquellas disposiciones de la RIEB que nos permitirían demostrar fácilmente a directivos y docentes que nada de lo que proponemos es ajeno a lo que ellos de por sí deberían estar poniendo en práctica en las aulas.

Promover la participación por medio de los Consejos Escolares
Si quien lee ha resistido hasta aquí, se agradece y se advierte que a partir de este punto el planteamiento es todavía más crudo y complejo, tal vez hasta inaplicable. No dudo que genere profundos desacuerdos.

Como se mencionó arriba, existe el propósito de la SEP de reactivar los Consejos Escolares de Participación Social. Por razones políticas comprensibles, la SEDF no ha puesto la menor atención al asunto, buscando a su vez generar estructuras paralelas para la participación en las escuelas y en la educación en general. El éxito o no respecto a ese objetivo, no es materia de este documento.

El hecho es que en las escuelas se ha establecido una figura formal de participación en la que intervienen directivos, docentes, familiares y eventualmente estudiantes (si a alguien se le ocurre convocarlos), con funciones diversas entre las que se encuentra un Comité de Desaliento de las Prácticas que Generen Violencia entre Pares. El objetivo de éste es “colaborar con el resto de la comunidad educativa en la detección de factores y situaciones de riesgo y en el diseño e implementación de actividades de prevención y mitigación de la violencia entre pares, de manera que el ambiente escolar sea armónico, libre de violencia y propicio para la formación integral de los alumnos.

Los alcances y funciones del Comité también coinciden sustancialmente con los objetivos y enfoques del modelo “Escuelas sin Violencia”, y plantean incluso dentro de sus alcances y funciones la elaboración de un programa de trabajo, que tal como se describe en los lineamientos oficiales corresponde plenamente a lo que nosotros hemos desarrollado como “Plan de Convivencia Escolar”.

Sería iluso (o de plano estúpido) creer que con la existencia formal de esos Comités se está en la ruta de atender y resolver el fenómeno del bullying. Igual lo sería pretender que se puede dar atención y seguimiento a todos esos Comités por medio del modelo “Escuelas sin Violencia”. Más modestamente, considero recomendable establecer en cada escuela que atendemos que la información y materiales que entregamos serán útiles para que esos Comités elaboren su programa de trabajo, y si así lo desean, soliciten apoyo e información para ello.

Entiendo que la directriz ha sido sólo hacer enlace con las direcciones escolares y no mantener seguimiento con otros actores de las comunidades educativas, además de que las limitaciones logísticas y de personal no permitan ir más allá. Pero debemos tener conciencia de que ello no es suficiente.

Sentar las bases para la ciudadanización del modelo de intervención
Ciudadanizar la política pública es uno de los pendientes de nuestra fallida “transición democrática”. Por otra parte, educar para la convivencia, la paz, el ejercicio de los derechos y el desarrollo de las habilidades psicosociales de cada individuo es ni más ni menos que el piso cívico de ese acto político que es educar. Algún rector de la UNAM (no alcanzo a recordar cuál) declaró alguna vez que formar profesionales era realmente simple. Lo difícil, dijo, es formar ciudadanos.

Para los efectos de lo que sostengo en este documento, ciudadano es aquel que conoce y ejerce sus derechos, y entre ellos, el de exigir a las autoridades gubernamentales que cumplan cabalmente con sus responsabilidades. Ciudadanizar la política pública es simplemente arrebatarle el control de lo que se establece como programas de gobierno a los caprichos de políticos y funcionarios, y abrirlos al debate público con los ciudadanos (y por supuesto, con los especialistas acreditados sobre los temas, como podrían ser la educación o el bullying) sobre su diseño, implementación, seguimiento y evaluación. Las democracias consolidadas así funcionan, por utópico que parezca. Los observatorios ciudadanos son precisamente figuras dirigidas a realizar esto (cabe recordar que en Querétaro se instaló hace pocas semanas el observatorio sobre violencia escolar y bullying).

Evidentemente, estamos muy lejos de eso, aunque entiendo que se está procesando una iniciativa para el observatorio en el Distrito Federal, con la participación de las responsables del modelo.

Si bien no podemos pretender una relación formal con los Comités señalados en el parágrafo anterior, ni mucho menos estamos en condiciones de procurar alianzas en las escuelas para la aplicación y defensa del modelo, sí resulta importante definir estrategias de diagnóstico y seguimiento a partir de indicadores relativos al ambiente escolar, mismo que pueden perfilar las posibilidades de éxito en la aplicación del modelo. Para ello resultan útiles datos como:


  • ¿Quién solicita inicialmente la intervención educativa? Dirección, padres de niños afectados, Mesa de padres de familia, Consejo de Participación, “Comité de Desaliento de las Prácticas que Generen Violencia entre Pares”, otro actor o instancia.
  • ¿Por qué se solicita la intervención educativa? Por interés en la prevención, porque se conoce o se oyó sobre el modelo, como respuesta ante situaciones consumadas, para cumplir con requisitos oficiales de programación de actividades relativas al tema, por otros motivos.
  • ¿Cómo se recibe al promotor educativo? El personal de la escuela está enterado de la actividad, toda la información la concentra quien acordó la actividad, existen confusiones sobre la realización de la actividad.
  • ¿Se cumplen los acuerdos para realizar la actividad? Se realizó convocatoria, se avisó a la población a la que la actividad está destinada (especialmente a estudiantes y sus familiares), disponibilidad de espacio, apoyos logísticos.¿Cómo se desarrolló la actividad? Actitud general de los participantes en la actividad, conocimientos previos sobre el tema, menciones de antecedentes sobre medidas adoptadas ante el fenómeno del bullying, participación de la dirección o los Apoyos Técnico-Pedagógicos en la actividad (cuando la actividad es con familiares o estudiantes), disposición a participar en un plan de convivencia escolar.
  • ¿La propia comunidad propone opciones para desarrollar su plan de convivencia escolar? Actores de la comunidad interesados en seguir participando para atender el tema del bullying, propuestas concretas para prevenirlo y atenderlo.
Datos como estos nos permitirían ubicar casos específicos de comunidades educativas que están en condiciones de actuar efectivamente para atender la violencia y desarrollar estrategias para prevenirla. Entre los cientos de escuelas que atendemos, detectar un porcentaje mínimo de aquellas que realmente representan una ventana de oportunidad para la ciudadanización del modelo, y que merecen un seguimiento especial por parte del equipo, no me parece una tarea ociosa.

Puedo citar como experiencias interesantes las primarias "X", en la delegación Venustiano Carranza, y "Y", en Xochimilco. En la primera trabajé con los docentes, que si bien fueron poco entusiastas, reconocieron que la directora está muy interesada en el modelo y ella misma ha buscado la canalización de niños para su atención por las psicólogas del área de atención telefónica. Me quedó claro que la directora está convencida de que se debe actuar.

En la segunda la situación fue aún más interesante. La directora lleva trabajando ahí cuatro meses, y los padres asistentes a la plática reconocen que ha mantenido una actitud de diálogo nunca antes vista por ellos. La directora acompañó la sesión con dos maestras, escuchó, aportó, mencionó problemas que la comunidad escolar ha ido resolviendo, relativos estrictamente a la convivencia entre estudiantes, familiares y maestros, y se comprometió con los padres a mantener actividades relativas a la atención a las situaciones de violencia entre escolares por medio del Comité respectivo.

Nada de lo expuesto respecto a esos dos casos garantiza nada. Son sólo observaciones sobre aquellos aspectos del ambiente escolar respecto a los cuales no estamos generando un análisis que nos permita ir más allá de la intervención general que se hace, a fin de detectar aquellas comunidades educativas susceptibles de participar efectivamente en la prevención y atención de la violencia escolar.

Se dice fácil. Nadie pretende que lo sea. Siempre persiste la opción de cubrir las metas cuantitativas sin mayor horizonte. Siempre se imponen las limitaciones institucionales de actores políticos a los que el tema sólo les interesa por su posible rentabilidad electoral.

Lograr que las comunidades educativas se apropien de un modelo de intervención como el que propone “Escuelas sin Violencia” no es imposible, pero será más difícil sino se plantean objetivos concretos al respecto en la estrategia.

Seguir aplicando el modelo, aún con todas las limitaciones presupuestales, logísticas e institucionales que lo hacemos, sin profundizar nuestra conciencia de los enormes retos y escasas (pero existentes) oportunidades que brinda la situación del sistema educativo, es como marchar a ciegas. En una de esas se avanza hacia donde se quiere, pero las probabilidades son más escasas.

martes, 14 de febrero de 2012

NADIE LA VA A RECORDAR



“Cada mañana se nos informa de las novedades del planeta. Y sin embargo somos pobres en historias singulares. ¿A qué se debe esto? Se debe a que no nos llega ningún acontecimiento que esté libre de datos explicativos. En otras palabras: ya casi nada de lo que sucede redunda en provecho de la narración, casi todo en provecho de la información.”
Walter Benjamin

Esa mañana subí al metro absorto en mis pensamientos de siempre y sin siquiera poner atención a la cinta que tocaba en mi walkman. Me apoyé como suelo hacerlo en uno de los postes tubulares aledaños a las puertas. Miré los invariables anuncios de escuelas que prometen caminos al éxito y al mejor de los futuros posibles, de pan dulce industrializado, de golosinas, de modas, de prodigios para el embellecimiento, de licores y otras tantas amarguras disponibles. También miré en un instante los ineludibles emblemitas de las estaciones que recorre la línea, después eché una ojeada a mis coviajeros que lucían tan impasibles y convencionales como seguramente también yo. No había alguien peculiar; ninguna muchacha excepcionalmente hermosa, ningún anciano rebosante y vivaz como los que sólo salen en la tele. Sólo chicas guapas maquilladas o maquillándose, muy presentables o muy casuales, humildes trabajadores o empleados perezosos y engreídos, estudiantes ilusionados y desilusionados por igual; pasiones contenidas, ocultas, ferozmente insondables. Después de un par de estaciones el pasaje ya se había apretujado lo suficiente para no ir cómodo pero no tanto como para molestar.

Me di cuenta de que mientras el convoy avanzaba de nuevo algunos de los pasajeros empezaron a desvanecerse; sólo unos cuantos por todo el vagón, sentados o de pie, perdían nitidez lentamente y se hacían semitransparentes, como espectros, sin desaparecer del todo. Miré sorprendido a todos lados y nadie parecía percatarse de lo que ocurría, inclusive miré mis propias manos y luego palpé mi cabeza, mi torso y mis muslos para cerciorarme de que me mantenía sólido además de visible. No entendía porque estaba pasando eso, ahí seguían esas figuras diáfanas y fantasmales sin inmutarse siquiera; apacibles y hastiados, como si esfumarse fuera un acto natural, una suerte de mimesis. Dos o tres sortearon las estrecheces como cualquier otro y se aproximaron a las puertas para bajar en la siguiente estación. Ahí salieron y anduvieron por el anden sin el menor sobresalto; más aún, también otros cuantos abordaron tomando sitio serenos y etéreos, desperdigados como cualquier otro ciudadano, sin revuelo, como las muchachas bonitas, los empleados, los escolares o los vagos. Yo no salía de mi azoro y no podía encontrar alguna razón de lo que estaba ocurriendo.

Bajé en la estación a la que iba rodeado de comunes y desvanencientes por igual. En el anden ya casi era de uno a uno la relación entre los típicos y los nuevos extraños; en la calle pude ver que entre los transeúntes, los usuarios de colectivos y tripulantes de coches ya se contaban muchísimos espectros. Me armé de valor y cuando vi que uno venía caminando por la banqueta en sentido contrario a mí, me le puse enfrente y traté de abordarlo, pero sin mirarme siquiera me esquivó con un gracioso quiebre y no atendió a mi “¡Hey, oiga, espere por favor!” En fin; seguí mi camino y llegué a la oficina. Ahí noté que había menos gente que de costumbre, apenas unos cuantos de los otros que trabajan en el mismo piso, tomando café despreocupadamente, o iniciando sus tareas, o jugueteando y conversando, o llamando por teléfono, u hojeando algún periódico o revista. Fuera de la escasez de gente, que hacía el entorno más apacible, nada parecía distinto.

Vi acercarse a la señora que hace la limpieza, que era la única que tenía aspecto de desvaneciente. Me dirigí a ella para interrogarla sobre lo que le estaba ocurriendo; “oiga”, le dije, “¿Se siente bien? ¿No nota si le está ocurriendo algo extraño?”, pero tal como la otra persona, o mejor dicho, como el otro espectro, la señora hizo caso omiso a mis llamados, y además, el resto de los que se encontraban cerca me miraron como desaprobando que importunara su literal abstracción. No me quedó más remedio que tratar de olvidarme del misterio por el momento, en espera de una mejor ocasión para averiguar por qué tanta gente se estaba esfumando.

A la hora de la comida la escasez de gente era impresionante, aunque curiosamente ya no había quienes tuvieran apariencia espectral. Sin el ajetreo habitual, la mesera aparecía y desaparecía intermitentemente tal como cualquier día, solícita y distante. Comí sin contratiempo alguno, pero cuando me acerqué a la caja para pagar, nadie estaba cobrando. Luego de un par de minutos, al pasar la mesera le pregunte si nadie me iba a cobrar la cuenta. Se limitó a encogerse de hombros y siguió su camino. Opté por dejar en la charola el importe de la comida y me retiré.

Después de algunos días sólo saqué en claro que a nadie le interesaba que los demás desaparecieran. Todos seguían tan campantes y ninguno de mis intentos de que alguien me diera su opinión al respecto arrojó resultado alguno, a quienes preguntaba guardaban silencio o si acaso emitían alguna evasiva más bien torpe. Poco a poco me fui acostumbrando a que no se viera más que uno que otro pasajero en los andenes del metro, a los vagones prácticamente vacíos, a las calles sin tráfico, a las oficinas semidesiertas, a los sitios silenciosos, a la creciente ausencia de cualquiera que exhibiera desesperación, furia, disgusto, o siquiera un mínimo de asombro. Los escasos persistentes que compartían conmigo la ciudad se limitaban a lo suyo, a hacer algún trabajo que no había modo de saber qué finalidad perseguía, qué beneficio pudiera arrojar, a trasladarse de aquí para allá dubitativos y presurosos como siempre, a leer o simular que leían las portadas de las revistas caducas y las primeras planas de los escasos diarios en cualquier puesto de periódicos, a entrar y salir de los sitios que así les permitían pensar que había algún lugar a dónde ir.

Cada vez había menos gente y a pesar de todo el mundo seguía su marcha inexorable, sin que hubiera información al respecto porque también resultaba más difícil sintonizar la radio, o captar señales televisivas. Cuando llegaba a verse algún noticiero, lo único que aparecía eran imágenes de la mesa de un conductor inexistente y escenas intermitentes de espacios apacibles y solitarios, estadios deportivos con un puñado de obstinados jugadores, parlamentos con algún orador arengando con infructuosa vehemencia a las curules, uno que otro representante de las fuerzas del orden enfrentando o persiguiendo a alborotadores igualmente escasos. En la radio sólo se escuchaba música alternando en raras ocasiones con locutores monótonos y crípticos anuncios plagados de estática, y los diarios, cuando se encontraba alguno, si acaso eran una hoja grande y revestida de tanto interés como antes de que todo fuera así de absurdo, así de distinto, así de intrascendente.

La gente era la misma de siempre, anónimos, impasibles, inescrutables, mudos, tal vez hasta ciegos o tal vez es que yo me empeñaba en ver más de lo que era posible ver, en encontrar razones de lo que simplemente ocurría como la realidad misteriosa y arbitraria de todo el tiempo. No tuve más opción que replegarme en mis inapelables asuntos, adaptándome sin mayor recelo a las nuevas circunstancias; hasta que algo, o tal vez sería mejor decir alguien, surgió abriendo paso a sus propios misterios.

Una mañana la vi, asediando a uno de los escasos espectrales que podían verse todavía de vez en cuando, haciéndole preguntas insistentes como “¿sabías que estás desapareciendo? ¿En verdad no estás dispuesto a hacer nada? No seas malito, dime por qué luces así de raro, ¿qué es lo que te pasa? ¿A dónde te vas?”, y mientras tanto agitaba una mano inocua frente al rostro impasible, y ocasionalmente atravesaba irrespetuosamente la difusa silueta con el paraguas o hasta caminaba a través de la vaga imagen del espectral, que mientras tanto seguía su camino, inalterable. Ella saltaba divertida los charquitos de la acera, sin ningún cuidado pues salpicaba todo el tiempo, como constatando que ni el agua tocaba al incauto víctima de tanto barullo, tan estoico, tan indolente; y sin embargo me sentí indignado por lo que consideraba una vejación.

Quise rescatar al pobre cuasitipo, pero ella sólo se carcajeó de mis desatinadas proclamas por el respeto y contra su impertinencia hacia otro, quienquiera que fuera o lo que fuera el ente al que asediaba. Me tomó de la mano y me dijo, “Si no quieres que los moleste a ellos, entonces tendrás que ocuparte de mí.” Como no me sentí capaz de responder a su inesperada petición, mejor di la vuelta y traté de alejarme, pero ella se puso a caminar junto a mí con una expresión jocosa, irreverente. Sacó de su abultada bolsa una manzana, y tras darle una gran mordida me la ofreció. Me detuve a decirle que no agradeciéndole el gesto, y seguí andando. Ella se encogió de hombros y le dio otra mordida a la fruta. Sin terminar de engullir el bocado se puso a hablar mientras caminábamos; decía que no era su intención hacerle daño al “nebuloso” (así lo llamó) que estaba persiguiendo antes, pero que era la única manera de sentir que había alguien alrededor; que era la primera vez que un “sobreviviente al síndrome de la nada” (así dijo) se había tomado la molestia de intentar reprenderla, de decirle cualquier cosa por su conducta impropia con los nebulosos; dijo que estaba sorprendida y muy contenta de que por fin alguien se había atrevido a hablarle, a decirle algo; que tal vez en realidad sólo estaba intentando llamar la atención, pero que hasta entonces no lo había logrado. Casi había empezado a cansarme, a parecerme desesperante; pero poco a poco su revuelto parlamento me hizo recordar que después de todo yo también quería ser capaz de insistir en todo eso, de hallar la manera de saber algo de todos los que ya no se sabía dónde estaban, algo de los que aún estaban pero de todos modos parecía que no estuvieran; que yo también quería intentar descubrir algo de toda esa lejanía y toda esa soledad que habían llegado así, sin anunciarse.

Pero al llegar a la puerta del edificio en donde trabajo sólo acerté a despedirme con un gesto simple y a mirar como sonreía otra vez mientras decía “adiós” y se iba caminando con su modo peculiar, como saltando, como buscando algo que patear, marchando y deteniéndose, serpenteando por la banqueta aunque el camino estuviera completamente libre, mirando los edificios, los arbustos, el interior de los pocos coches estacionados y a los tripulantes de los aún más escasos coches que de repente circulaban. Después de que se alejó me di la vuelta y entré.

Al día siguiente la vi al salir a comer. Estaba sentada plácidamente en la cajuela de un coche, leyendo un libro muy gastado y haciendo bombas con un chicle. Me acerqué sin pensarlo y cuando la tuve enfrente se percató de que me dirigía hacia ella. Fue entonces cuando caí en cuenta de que no sabía por qué me iba acercando, me detuve un poco nervioso y más bien sorprendido, pero ella me lanzó su sonrisa devastadora y se levantó para recibirme. “¡Hola! ¡Qué gusto que por fin hayas salido! Estaba empezando a aburrirme de estar aquí. Qué bueno que no paso ningún nebuloso, porque si no hubiera dejado para otro día mi visita.” En verdad me causó una alegría enorme encontrarla, pero su manera tan inesperada de recibirme me confundió aún más.

De cualquier modo pude percatarme de que ella también se alegraba de que yo finalmente hubiera aparecido y así pudiera dirigirse a mí; como si realmente hiciera falta algo para alegrarla, porque su sonrisa de cielo claro y ese desenfado tan desconcertante parecían suficientes para no requerir nada más, para contagiarse un poco aunque costara trabajo, pues ella no dejaba de ser otra rareza distinta entre la desesperante persistencia de los sucesos de todo el tiempo. Me tomó del brazo y se puso a mi lado, apretándose como si deseara confirmar que estaba ahí junto a ella, como si necesitara hacerlo para que no me arrastrara la ausencia. Caminamos despacio, en silencio, como tratando de confirmar que después de todo podía haber alguien, algún otro perfecto desconocido que simplemente está dispuesto a una caminata sin rumbo, sin palabras innecesarias.

Después de un rato nos detuvimos en un parque, frente a un pequeño lago artificial casi seco, recargados en una gastada balaustrada de piedra. Ahí me contó cómo había olvidado todo su pasado para poder inventarse cada día uno distinto; hasta el día que recordó que alguien se había quedado a la entrada de un edificio y pensó que ese alguien podía ser el último que le inventara un pasado de verdad, algo que recordar y algo que esperar, aunque lo que se esperaba fuera sólo que hubiera alguien a quien recordar y a quien se quisiera ver después, aunque fuera sólo una vez más. Me contó que aún no había perdido nada porque a pesar de todo aún no había encontrado nada, y que ahora estaba dispuesta a crearse respuestas distintas cada día, siempre y cuando hubiera alguien que las confirmara o las desmintiera, de algún modo. Me dijo todo eso mirándome como a quien se ve en la penumbra, dudándose de que esté ahí, como hablándole a un espejo sólo para escucharse a uno mismo; me lo dijo con una serenidad casi alegre, casi melancólica, que a pesar de parecer infatigable también parecía surgir por primera vez. Tuve que responderle que tal vez era demasiado, que tal vez era muy difícil, pero que a fin de cuentas me había pasado algo parecido, que yo aspiraba a lo mismo. Dijimos todo eso, o algo así.

Desde ese día nos seguimos viendo para acudir a cualquier parte a mirar la ciudad rotundamente baldía y apacible, tan quieta como un espejismo imperecedero que se hubiera petrificado, tan indescifrable como las inscripciones antiguas en sus respectivas ruinas, tan nuestra y tan ajena. Entre nuestras infinitas dudas nos acostumbramos a no buscar razones, a errar arbitrariamente sin mayores sobresaltos que los de las sorpresas que ella descubría o que a su modo prodigaba, a detenernos justo en medio de cualquier cruce para darnos un largo beso, a reinventar una pasión incesante en todas partes y sin ningún pretexto, a colmarnos un poco primero y luego más y luego hasta el exceso y luego volver a empezar, a noches fabulosas que ansiábamos eternas y a auroras inesperadas que nunca nos obligaban a derruir los sueños, porque amarla así no necesitaba ninguna explicación, porque no importaba que a nuestra manera estábamos solos y que no había nadie a quién preguntarle por qué; y si hubiera no teníamos intención alguna de preguntarlo. Estar juntos más que ser una manera de acompañarnos era una forma de afrontar la desolación imperante, ya fuera la de nuestras respectivas soledades que hicieron posible un encuentro circunstancial que no reclamaba tiempo ni espacio, simplemente ocurría; ya fuera la de un mundo cada vez más incomprensible, cada vez más vacío. Lo único absoluto ya no era la perplejidad, sino esa manera de combatir la soledad que era estar juntos sin que fuera premeditado, sin haberlo decidido.

Algunas veces me telefoneaba para contarme sus correrías en la persecución de nebulosos, que no dejaban de ser infructuosas por más que tuvieran visos de epopeya bufa; para leerme algún magnífico poema o pasaje memorable de sus viejos libros; para decirme que se le ocurrían miles de cosas que no me diría por cursis o por obscenas, aunque terminaba por decir al menos algunas; para revelarme su último hallazgo en el laberinto insólito de la ciudad que habíamos conquistado; o simplemente para confirmar la fugaz certidumbre de que yo estaba todavía en alguna parte, y que ella también. Entonces sobraban los motivos para esperar la hora de largarse de ese empleo inútil, o mejor aún, para huir de inmediato porque al fin nadie se daría cuenta, o para abandonar el caos doméstico y alcanzarla en algún sitio más bien indefinido. También ocurría que llegaba a casa sin previo aviso y me inventaba el universo que nadie más que nosotros podría conocer, y  a pesar de que esto producía un dulce cataclismo vertiginoso y arrollador, siempre era mejor arribar a ese anticosmos particular que permanecer en el otro de siempre. En otras ocasiones se alejaba simplemente porque quería, y entonces me gustaba extrañarla, aunque de repente el horror a que desapareciera llegaba a invadirme, ese horror de que otra vez nadie estuviera ahí, en alguna parte, de que ya no hubiera en quien pensar, ni quien pensara en mí, y cuando estábamos juntos otra vez esos temores caían en el olvido, sin importar que fuera sólo por ese momento. Así sus días devastaron promesas inútiles y esperanzas estériles, simplemente transcurrieron.


Parece que hace una eternidad que ya no está. No sé si desapareció, si se olvidó de mí o si no es más que un mito que consiste en lo único que los mitos pueden ser. A veces me olvido de ella, pero parece que eso sirve para que la red que teje la nostalgia sea más y más enmarañada; a veces estoy seguro de que en verdad logré imaginarla para afrontar que todos toman un camino sin retorno; a veces sólo trato de convencerme de me la inventé así. A veces me las arreglo apenas para tolerar su ausencia tratando de soñar que una vez más andará por ahí, inesperada y esperando a nadie en especial, jugando a la ausencia imposible reflejada en la memoria imperfecta.

martes, 7 de febrero de 2012

Justicia Terrenal




Tal vez eso no terminaría nunca. No era la primera y de ninguna manera sería la última. Al principio la cosa parecía fácil. Nada más llegar muy temprano en la mañana, tender el puesto igual que todos los demás vendedores de baratijas a lo largo de la estrechísima banqueta, estar a las vivas de las señales que avisan cuando hay que recoger todo en un suspiro porque se acerca la redada, atender el changarro con negligencia porque de todos modos la gente compra, asolearse con los dulces y chocolates de fayuca, que al fin ningún cliente (ni la incauta vendedora) se iba a dar cuenta de que eran saldos caducos sacados de contrabando del vecino del norte (¿pus que no sabían igual que los que venden en las tiendas, y al mismo precio, y a veces hasta más baratos?), aguantar así hasta el anochecer, levantar la mercancía, hacer el bulto y llevarlo a la bodega para hacer la cuenta con la Jefa.

Quién iba a decir que un mal día el chiflido no sería oportuno, y antes de que se arrinconara con todo su tendido en el vestíbulo de la tienda de enseres domésticos frente a la que vendía, caerían los gandallas de Vía Pública, arrebatándole casi todo, y lo que no le alcanzaron a arrebatar fue lo que quedó pisoteado en el forcejeo. Lo peor era que le acababan de surtir de una remesa nueva, tan reluciente que hasta parecía como la de cualquier dulcería muy acá. Hasta se sentía contenta de que ahora si vendía golosinas con envolturas intactas, que todavía no padecían el ajetreo de días y días de ir y venir con todo el tinglado ambulante. Hundida en la impotencia de ver su flamante mercancía perdida, no le quedó otra que ir a buscar consuelo con la Jefa. Ella sabría qué hacer.

La Jefa escuchó su desgracia impasible. Le dijo que no llorara y que todo tenía remedio, nomás era cosa de trabajar duro y de no distraerse, porque eso de que el chiflido se había tardado no era más que el pretexto ante la torpeza cometida. Ahora había que arreglarse para saldar el costo de lo que su descuido había perdido.



“Todo salió como usted quería, Jefa”, informó orgulloso el Filos luego del recorrido relámpago por las calles controladas por la matriarca. “Ya estuvo m’ijito. Nomás dile al Licenciado que no se mande. ‘Ta bueno que tiene que quedar bien con los de arriba y dorarles la píldora a los establecidos, pero eso de que luego hasta quiera vender nuestra mercancía ya es tener poca madre. Mi trabajo me ha costado tener contenta a la gente con sus puestos para que luego este güey venga a querer meter la suya a vender lo que nos quita.”


“Pus si Jefa, a estos cabrones lo único que les interesa es echarse el dinero a la bolsa, pero no se apure. Ahorita ya está todo tranquilo...”

“No m’ijo, qué tranquilo va a estar. De todos modos yo salgo perdiendo y me tengo que recuperar. Yo nomás les digo a los compañeros que le echen ganas y no se descuiden, que me tienen que cumplir con lo que se llevaron; pero luego luego la hacen chillona, que si no les alcanza, que ellos no tuvieron la culpa, que cómo le van a hacer; y pus si no me pagan lo que se llevaron esto no es negocio. Ya andan por ai unos revoltosos diciendo que el Licenciado está arreglado conmigo. Malagradecidos, pus si no fuera por mi no venderían en ningún lado, y si les quitan las cosas yo no puedo hacer como si nada hubiera pasado, pus eso sí sería más sospechoso. Nomás por eso les cobro, pa que todos estemos en paz. Y a esos que le andan metiendo ideas a la gente ya ponlos en paz, que para eso te toca cuidar todo. Si tampoco tú me tienes tan contenta.”

“¿Qué pasó Jefa, pus cuándo le he fallado?”, trató de defenderse el Filos.

“¡Cuándo no! Por tu culpa ya andan ahí unos de habladores y siguen tan campantes. Y ya sé que también tú luego quieres arreglarte con los de Vía Pública, si a mí no se me escapa nada, cabrón huevón, ya te echaron de cabeza y ni en cuenta. Si no sirves p’acer las cosas pa’ti, menos para una. Así que mejor pórtate bien m’ijito, que ya te tocará tu hora, cuando aprendas. Mientras no hagas las cosas a lo pendejo. P’al caso, mejor pídele chamba al Licenciado. Ese hijo de la chingada si nomás quiere estar aplastado en su oficina maltratando gente y arreando con todo lo que nos quita. Nosotros sí somos gente trabajadora.”

La facilidad de la jefa para cambiar del tono inquisitorial al maternal dejaba frío a cualquiera. La mirada dura y el tono de abuela desalmada contrastaban con su conmovedor tono de mamá preocupona en fracciones de segundo. Por su parte, el Filos percibió que sus sueños de grandeza no estaban tan cerca como él pensaba. “No pos sí, está gruesa la Jefa”, pensó para sus adentros.



El Licenciado miró de arriba abajo a la humilde mujer que hecha un mar de lágrimas lo había abordado al llegar a su oficina sin que su despistada pero llamativa secretaria pudiera impedirlo. “No, pues no da el ancho”, pensó al decidir que no la invitaría a pasar al privado. Ella había esperado ahí casi dos horas, pues tenía que verlo ese mismo día, y no podía darse el lujo de dejar de vender ni un día más. “Licenciado, necesito hablar con usted”, le dijo suplicante.


“Bueno, pero que sea rápido, porque mire que estoy muy ocupado, nomás vine de pasada porque voy a salir otra vez”.

Entre gimoteos le explicó a duras penas que unos días antes le habían quitado su mercancía, y que necesitaba recuperarla porque debía mucho dinero, que lo hiciera por una familia humilde que dependía de ese trabajo, que ya no le alcanzaba para darle de comer a sus niños, que por hacer otros trabajos tampoco podía cuidarlos, que su mamá estaba muy enferma, que su marido la había abandonado, que si él se compadecía de ella se lo iba a agradecer toda la vida, que a él no le costaba nada hacerlo, que lo hiciera nomás por caridad, y así toda la letanía de ruegos desolados y dramas de la vida real.

“Mire, señito (bueno, no venía al caso decirle señorita, porque hasta hijos tenía, pero tampoco pasaba por señora cargada de chamacos, así que el licenciado, regodeándose en su perspicacia, optó por un ese término que le pareció intermedio), lo que usted estaba haciendo era una actividad ilegal, y lo sabe, yo nada puedo hacer. Todo lo que se recoge se inventaría y se almacena en tanto las autoridades competentes deslindan responsabilidades. Figúrese la bronca en la que me meto si saco algo de la Bodega. Me acusan de robo, me sancionan por faltas administrativas, me destituyen, y luego ya somos dos las familias que no tenemos para comer. Ojalá pudiera ayudarla, pero en este caso es imposible. Ya no llore, que se va a poner fea (‘sí está flaca, pero fea no es’, rectificó relativamente la primera impresión que la mujer le causó). Si toma las cosas con más tranquilidad todo se va a arreglar. Vaya y échele ganas, pero ya no venda en la calle, ya ve a lo que se expone.”

Inconsolable, la mujer salió casi corriendo del lugar. “Lagrimitas a mí”, se dijo el Licenciado. “Esa pinche arpía cree que primero me va a cuentear con una de estas poquianchis para que luego ya no levante nada porque su gente se queda sin comer. ¡Orita! ¡Qué ella mantenga a sus siervos! Piensan que nosotros todavía somos beneficencia o qué.” Satisfecho consigo mismo por la facilidad con que había neutralizado lo que interpretó como una táctica sutil de su socia forzosa, entró a su privado. A la vez se felicitaba por lo ventajoso que estaba resultando el arreglo con esa mujer que a otros ineptos en su posición sólo les había dado dolores de cabeza. Y esto era sólo el principio de un negocio que mientras más durara, mejor.

martes, 31 de enero de 2012

NADIE LLAMA



I. Ese sonido del vacío, de la nada en la línea telefónica luego de que el aparato había repicado, como si nadie hubiera marcado el número ni pretendido emplazar una voz susurrante en la maraña electrónica, ni aspirado a obtener otra voz alternativa. Sólo ese inmenso silencio al oído, como un accidente trivial, sin tragedia ni violencia alguna, apenas la ansiedad de escuchar un saludo, un cumplido, aunque sea una excusa por algún error aún más inofensivo; el ruido procesado en el auricular como la más rezagada huella del eco de un estruendo ahora mudo, ese vacío inoportuno, asistemático, luego del timbrar bien conocido que obligó a salir corriendo de la ducha, o que derrumbó el sueño en lo más hondo de la noche, o que interrumpió el desayuno, o el soporíferamente emocionante juego de fútbol, o la charla con algún visitante que para el caso resultaba más cordial.

Durante largas temporadas nunca ocurre, y luego viene una avalancha de llamadas así durante unos cuantos días, a cualquier hora, sobre todo a deshoras, cultivando la intriga y la inquietud por saber de donde viene ese sinsentido, esa confusión en las líneas que deriva específicamente en la mía, moviéndome a contestar a esa parcela de incógnito, de inexistencia, de la más elemental duda.

A veces se oye un ruido lejano de ambiente doméstico, objetos que chocan, utensilios que se mueven; o una respiración sosegada, de alguien a quien al decirle “¡hola! ¿Quién llama?… Hola, ¡Bueno! ¡Bueno!” más bien no escucha o finge no escuchar nada; o suena vagamente alguna pieza musical que lo mismo podría provenir de una interferencia radiofónica, o de alguna grabación tocada sin propósito aparente en ese lugar desde donde han llamado sin propósito aparente; o una risilla imbécil y el corte brusco de la comunicación. A veces ese simple silencio aún más escalofriante.

¿Qué es el silencio? ¿es la voz de lo desconocido? ¿es el lenguaje de quienes logran echar una mirada dentro de si mismos? ¿es una invitación muchas veces desdeñada a escuchar con más atención? ¿es simplemente la derrota temporal del estrépito? ¿es el primer paso de todo camino al olvido? ¿es la respuesta que expira en la punta de la lengua? ¿es el aviso del terror a la tranquilidad? ¿es la rebelión de los murmullos ambientales tenues y arbitrarios que ya nunca podemos o nunca queremos escuchar, que siguen ahí, amenazantes? ¿es una voz que dolorosamente se ha quedado sin nada que decir? ¿es la absurda encarnación de una ausencia? ¿no es más que una de tantas formas de la muerte, un sabotaje a la percepción de lo que sigue ahí afuera? Ojalá pudiera saberse, aunque no tenga ninguna importancia, ojalá hubiera manera de dialogar con quien está lejos y no quiere hablar, simplemente para saber si está arrinconado contra una cabina cualquiera sembrada donde nada crece, si se ha encaramado en la cima de la propia confusión, si representa un peligro mayor que quienes nos aman o quienes nos odian. Pero finalmente no queda otro remedio que colgar y seguir con lo que se estaba o pasar a otra cosa, ya sin la intriga a cuestas, si acaso con un vago hastío o reproche por lo que simplemente pudo ser un error o en el peor de los casos una broma estúpida.

En ciertas ocasiones el silencio es elocuente. Refleja con toda claridad la fe absoluta de los amantes en la cúspide de sus ensueños y las dudas abismales de los amantes sumergidos en el tedio, ilustra la aversión al diálogo de jóvenes, adultos y viejos; sorprende con la inexplicable placidez del sueño de un niño en el ojo de cualquier tumulto de todos los días, muestra el poder del horror, de la esperanza, lo que hay más allá de la victoria o la derrota, más allá de la tempestad, de cualquier violencia. En circunstancias como esas es la voz de lo que no tiene palabras, ni las necesita. Pero la mayor parte de las veces no es principio ni conclusión, sino diáfano interludio, simple misterio, riesgo velado e inocuo, horror de la nada.

La convicción de que alguien escucha la obstinada respuesta al auricular deriva en rabia o indignación, o si acaso en resignada perplejidad. ¿Qué caso tiene escucharlo a uno repetir como grabación averiada ese híbrido impersonal entre imperativo y saludo que es la contestación al teléfono? La suma de las inutilidades ve así incrementados sus efectos; más caminos sin sentido, más diálogos imposibles, más palabras sin significado, más pasiones vueltas ocios vueltos hartazgos; y las preguntas que también sobran: ¿quién es? ¿Qué quiere? ¿Por qué lo hace?



II. Por enésima ocasión marcó el número. Otra vez el tono de ocupado. Sólo quiere saludar pero a ese objetivo tan civilizado se le anticipó una prolongada conversación con quién sabe quién. Es para morirse de envidia. Las veces que han hablado por algunos minutos, cuando mucho, ha sido porque ella se extiende explicando que tampoco esta vez podrá darle una cita, por el trabajo esclavizante, los compromisos familiares y sociales contraídos previamente, los eventuales viajes todavía no confirmados, o cualquier otro pretexto rotundo por indefinido, y luego la inevitable provocación: “te llamo la próxima semana para que vayamos a comer”, dice, o al cine o a echarse un trago o a algo parecido. En esta ocasión van casi dos horas y su teléfono sigue ocupado. Será que está sincerándose con alguien, o desenmarañando las confidencias de alguien, o haciendo un extenso recuento de frivolidades, o cualquier otra cosa que él quisiera simplemente intuir porque no ha tenido la fortuna de ganarse así su tiempo, de horadar en sus secretos más divulgados y en sus obsesiones más prescindibles. Y lo peor es que si logra comunicarse más tarde ya no tendrá mucho sentido intentar conversar luego del olímpico diálogo en que está enfrascada ahora, y habrá que procurarse otra ocasión propicia para llamar sin que sea muy tarde en la noche o sin la alternancia entre la parsimonia y la prisa de los fines de semana, o sin lograr más que escuchar el lacónico monólogo de la contestadora…

Al marcar otra vez el resultado es exactamente el mismo, el tono intermitente como un péndulo de ruido, como un tenaz estroboscopio que apunta a un abismo gélido, como una negativa contundente por reiterada. Las barreras más infranqueables no son los muros ni los fosos ni las alambradas ni los accidentes geográficos ni los océanos, sino las negativas a escuchar, a dialogar, la imposibilidad de entenderse. Apenas ha podido decirle unas cuantas convenciones de rigor y comentar asuntos impersonales que ni vienen al caso, y luego se despiden con esa cortesía glacial y la promesa inútil de verse algún día, de llamarse alguna otra vez. Es todo. Para el caso da igual encender la televisión para hablarle a los que aparecen en pantalla. Ni siquiera son amigos. Si le preguntaran a ella tal vez hasta diría que sí; pero sólo querría decir que han hablado de vez en vez, aunque nunca se hayan dicho nada. Su teléfono sigue ocupado. “Basta por hoy”, se dice, “tendré que intentar algún otro día”.



III. “Bueno”, contestó la voz anónima (“Vaya, parece que hay visitas, o tal vez es su papá, aunque la voz es jovial; pero no, lo mismo pudiera ser una mujer de voz gruesa; debe ser alguien muy familiar para que le encargue responder el teléfono mientras anda en los menesteres de anfitriona. No hay barullo, entonces es un sólo visitante, no hay ninguna reunión…”). El que llamaba saludó mientras pensaba todo esto y pedía que lo comunicaran con ella. “No, marcó usted un número equivocado.” Envuelto en la confusión verificó el número con la voz al otro lado de la línea, aunque sabía que era innecesario. “Sí, este es el teléfono, pero aquí no vive la persona que usted busca.” ¿Qué hacer? La había llamado tantas veces y ahora resultaba que ese ya no era su teléfono (“no pudo haberse mudado repentinamente. Será entonces que cambió su línea, aunque es muy raro…”) Repitió la clave interrogando a la voz si tenía la certeza de que ese era el número en que le habían contestado, y con una seguridad inapelable, sin perder un ápice de cortesía, la voz respondió. “En efecto, es el número de aquí, pero la persona que usted busca no vive en esta casa”. Ya sin mucha convicción, preguntó a la voz si hacía mucho que el número estaba registrado ahí. “No sabría decirle”, fue la respuesta instantánea, cordial, cortante. Trató de pensar una última pregunta que permitiera averiguar algo, pero de repente se escucho la voz de ella, lejana, al otro lado de la línea. “¿Quién es?” La voz desconocida concluyó “nadie; está equivocado”; justo antes del chasquido del auricular colgado.



IV. ¡Qué ganas de oírla! Malditas juntas, cómo quitan el tiempo ¡qué tarde se hizo! Tengo tantas ganas de decirle que ya quiero verla, que quiero estar aunque sea un rato con ella, de compartir anécdotas de los últimos días, del gusto enorme que me dio ver mis propuestas aceptadas en los nuevos planes de trabajo para consternación de los misóginos empedernidos, de la comida con los compañeros degenerados (¡ja! ¡cómo se va a reír cuando me refiera así a los de nuestra clase de la facultad), de la borrachera que el imperturbable y sobrio Jiménez se puso dando el show del día mientras le hacía al galán (si supiera… ¡Qué fácil se alborotan esos pobres!); pero cuando platicamos siempre terminamos hablando de cualquier otra cosa… ¿por qué no me contesta? Vaya que es raro que no esté todavía, mañana es día de trabajo… será que está en la ducha, o algo por el estilo (¡ja! No deja una de evitar pensar directamente en los otros usos del baño; ¡qué pudores caray!), está bien, sólo un par de tonos más. Pero si no estuviera ya se habría activado la infame contestadora ¡qué asco! Tener que hablarle a un aparato… O será que se quedó a trabajar hasta tarde, como de repente tiene encargos de última hora y es capaz de amanecerse con tal de salir al paso, y con eso de que ya pronto va a salir de viaje al otro lado del mundo y chance y ni nos vemos antes… tengo que encargarle unos souvenirs, algo así como una francesita, o de perdís una suiza, porque igual y ni pasa por Francia; pero ya tendrá que contarme sus planes, porque claro que no se va a dedicar nomás a trabajar ¡lo sabré yo! De seguro ya se programó toda una travesía peligrosa para desquitarse de los otros desvelos en blanco, y yo que tendré que limitarme a echarme unos tequilas a su salud, en medio de los ebrios de siempre y de las frígidas de siempre que todavía creen que es mejor tirarse a uno de esos ejemplares, pero allá ellas… ¡Contesta caramba! ¿Pues que se trae ahora? Ni una llamada, ni un mensaje en el buzón de voz, ni correo electrónico, ni un beep ¿pues que dormimos juntas o qué?… Bueno, no todos los días. Pero por muy clavada que esté en el trabajo ya se mandó, no es justo. Voy a tener que bombardearla mañana, cómo que dejarme así de olvidada. A veces hasta parece que ni es mujer, qué se cree que yo no necesito nada o que estoy para cuando lo disponga… ¡Por qué no contesta! ¡Qué la chingada! ¡Por qué no se comunica!

V. “¡Bueno!”, se escuchó la voz fresca, serena, sin mayor énfasis ni el más mínimo asomo de alguna emoción peculiar. “¿Bueno?” Repitió, aunque ahora con ese inevitable tono de duda y reproche de quien no está para admitir nomás así al silencio. Luego se oyó que colgó el auricular. Pero él la había escuchado, y así el mundo sería otra vez, por algún tiempo, un territorio menos siniestro, provisto con las ilusiones trastornadas que el simple sonido de su voz podía invocar.

martes, 24 de enero de 2012

En uno de los días del fin del mundo


Es muy temprano para hacer balances definitivos y para creer que hay alguna opción aunque sea remotamente posible. Pero Lidia no atina a pensar en eso cuando se cuestiona sobre lo que ha ocurrido, sobre lo que está ocurriendo, sobre lo que podrá ocurrir…

Entonces la paternidad no es algo idílico que concilia autoridad y ternura, ni la familia es un núcleo sólido que brinda el apoyo total para triunfar, ni el amor es eterno; y hay que volver a comenzar desde menos que cero, porque todo lo perdido ha colocado más abajo que debajo, más lejos que ninguna parte, más sola que un juguete viejo y descompuesto, triste como un retrato roto y sin saber ya ni lo que es la desilusión: ya se sabía bastante bien que todo acabaría, pero sólo faltaba el momento en que ese descomunal vacío privara con toda su sensación de absoluto.

Ese día entregó su último trabajo escolar como por no dejar, impasible, exhausta por las excesivas vigilias, sin ánimo para emprender cualquier cosa, harta de los días sin nada ni nadie, porque lo que está al alcance parece la nada y quienes están cerca simplemente representan a nadie. Tan sólo con reclinarse en alguna silla y cerrar los ojos se siente un rumor de voces que mienten, que llaman a todo eso en lo que ya no se puede creer, que aseguran que nada ha ocurrido, que exigen se restituya lo acostumbrado, que se cumplan los sacrificios de la reiterada víctima que ya ni sabe si es tal, si lo fue; que apelan a una armonía que fue sólo un escenario que ya no corresponde al acto, que esperan congelar lo vivido en el desenfreno para pretender posible rescatar algo que haya sido como amor, que pintan de tinieblas la penumbra, que tratan de justificar la inconsistencia, que no reprochan nada y logran recriminarlo todo, que hablan de algo lejano e incomprensible. Sacude la cabeza e intenta despojarse del vértigo con un ansiado reposo distante, arduo, desesperantemente ajeno. Descansar, dejar todo atrás, no pensar más, olvidarlo todo, por fin…

Sergio había abierto un nuevo desorden en el desorden. Había aparecido revoloteando más bien fortuitamente, sin ningún caso. No tenía nada de excepcional pero no era desagradable. No parecía ser brillante pero mostraba inquietudes. No ejerció una atracción irresistible pero encontró los pretextos suficientes para lanzarse al reventón absoluto; desbordó el descontrol que de por si siempre corrió torrencial e incontenible, aunque hasta entonces no acababa de arrastrarla más allá de sus horrores.

Fue al final de una de esas conferencias deslucidas, insípidas, cuando él se lanzó a abordarla sin mucho preámbulo. Nada tiene de extraordinario que algún chavo le haga comentarios sarcásticos a una chica sobre los pretendidos o efectivos desatinos cometidos por los protagonistas de uno de esos actos. Ella detectó de inmediato que el tipo sólo estaba tratando de hacerse el simpático; eso sí, con regular fortuna.

Llegó fácil; pero su distanciamiento no lo era. A Lidia le resonaban continuamente en la cabeza sus argumentos. “Tenemos que tomar un respiro. Nos hemos concentrado mucho en reventarnos, en olvidarlo todo y escaparnos valiéndonos lo demás, pero yo tengo que cumplir mis responsabilidades y tú no me dejas…”

“Es sólo por un tiempo, para replantear las cosas y movernos más libremente. Después podemos regresar y pasarla tan bien como hasta ahora. Es que no tenemos que involucrarnos y someternos a una relación de poder…”

“Creo que tus malestares son un pretexto para retenerme. ¡Qué bueno que no es embarazo! Espero que te recuperes pronto, pero no me busques por ahora…”

Y todo había sido tan sencillo. Axel estaba desahuciado y ella no deseaba su muerte, pero asumía que era inminente; como lo era concluir así ese yugo feroz que él había mantenido. Alejarse, saber que nadie le reprocharía nada porque nadie se ocuparía de verificar nada; dónde había estado, por qué, cuánto tiempo o con quién. Decir tranquilamente que había estado en el hospital, que se quedó con algunos amigos que la acompañaron, o con los tíos o los abuelos. Nadie preguntaría más. Mamá lo aceptaba sin reparos; como tratando de afrontar tácitamente que ahora sí ella podría decidir sobre sus días, su compañía, su cuerpo…

Sergio fue el descubrimiento de otra vida. Primero lograr conocer más a alguien, saber que también hay más experiencias crudas alrededor; tener la confianza de hallar a alguien más que no las ha tenido todas consigo y tampoco lo lamenta estruendosamente. Después encontrar otro contacto, otro placer; saber explosivamente de goces que se les habían extraído sin contemplaciones y se les habían negado; tener la voluntad de tocar, de tener sensaciones propias y compartidas, de acceder al elemental éxtasis sin imposiciones, sin exigencias erigidas sobre silencios y complicidades, luego arribar al goce del exceso. La pronosticada muerte de Axel no pasó de ser el macabro pretexto para inaugurar su propio Jardín de las Delicias, y así precipitarse a la voluptuosidad espontánea deambulando por su tiempo de rincones incandescentes y artificios exuberantes; amarse bajo el cobijo del sol en un insospechado paraje solitario o enclaustrarse de cualquier modo días y noches prodigando regocijos incalculables; desdeñar historias, tragedias previas, sueños fugaces; derrochar los impulsos sin reparar en el dispendio del tiempo, de la salud, de la vida arrojada en el asalto al cielo aquí, ahora.

No hubo conclusión de las catástrofes porque tal vez ni siquiera hubo tales. Tal vez el tedio, el anticompromiso, el sinsentido. Afrontar que Sergio no quería más que disfrutar y que ella empezaba a hartarse del gozar desparpajado. Y vislumbrar apenas que él no creía en la compañía, si acaso en los laberintos del placer, y que ella se vio cada vez más sola, inclusive peor aún que cuando Axel la dominaba completamente, cuando la perversión era la regla. Antes nada importaba porque todo estaba impuesto siempre. Ahora lo único importante era que nunca había mañana.

En aquellos días nunca había que mentir, no tenía que pretender ocultarse nada. Axel escudriñaba sus horarios de escuela y de los empleos temporales que ella obtenía para permitirse un poco más de espacio, con el pretexto de contribuir a solventar premuras económicas que nunca eran la excepción. Se mantenía obsesivamente al tanto de sus salidas de compras o de los ocasionales paseos permitidos a fuerza de disputas formidables y reconciliaciones endebles. Y en sus delirios elucubraba cómo de todos modos ella se evadiría, cómo impulsaría más tentaciones inconfesables. La reprochaba incesantemente, la acusaba de embustera y desvergonzada, se autoproclamaba blanco de la ira de Dios, la acusaba de la provocación del mal en su delirio cíclico de perversión y culpa. Desde mucho tiempo atrás se las arreglaba para desalojar a mamá y a los hermanastros periódicamente y así darse espacio para practicar su ritual siniestro. Tiernamente retozaba con ella cuando aún era niña, la recorría completamente como parte de un juego más, la convertía en una Venus pueril hasta un día cualquiera que consumó el estupro siendo ella apenas púber; y todo eso no fue más que un secreto más del universo familiar, hasta que sobrevino aquel episodio tan confuso como imborrable.

Un día vieron a un médico. La examinó sin preguntarle nada y sólo dirigiéndose a Axel. Luego la dejaron sola un rato. Axel volvió y salieron sin que él dijera palabra. En esos días se sentía fatigada y tenía vértigos. Volvieron al día siguiente; pero todo fue aún más confuso. Una enfermera le ordenó desvestirse, le puso una bata blanca que le quedaba demasiado grande; luego la llevó a una sala donde la ayudó a subirse en un sillón alto, con respaldo reclinado y un apoyo para los pies que la hacía permanecer con las piernas levantadas y flexionadas. Tras unos minutos entró el médico. Apenas tiene una vaga imagen de que la enfermera le aplicó una inyección, tal vez cerca de la cintura. Luego el doctor introdujo un instrumento agudo entre sus piernas. El dolor fue como una llamarada fugaz e intensa dentro de su cuerpo. No tiene idea de cuánto tiempo pasó aquella vez. Después la enfermera la limpió, la vistió. Al salir caminaba trabajosamente, aturdida por todo eso que no podía entender, y Axel se la llevó, otra vez sin decir nada. En casa le dijo que tenía que quedarse a descansar unos días, sin salir ni un momento, ni a la puerta. Se sentía débil y tenía una sensación de ardor desde los genitales hasta debajo del ombligo. Un día o dos después, por la tarde, cuando mamá había salido con los niños y Axel estaba en el trabajo, el ardor creció repentinamente y sintió como si tuviera que expulsar algo. Entró al baño y después de permanecer sentada en el retrete por un rato, arrojó una pequeña masa sanguinolenta. Se asustó terriblemente, pero no le dijo nada a su madre, ni a Axel. A la semana siguiente la enviaron otra vez al colegio. Se sentía saludable, aunque estaba completamente confundida. Sin saber cómo, se las arregló para tomar las cosas como si nada de eso hubiera ocurrido.

Así volvió a los éxitos escolares, a seguir siendo reconocida como un buen ejemplo, como modelo de buena conducta, de dedicación, de capacidad. Para las madres era una muestra patente de lo que lograba la unidad familiar en un hogar guiado por el amor a Dios y por el cumplimiento estricto de los evangelios. Por su parte, Axel optó desde entonces por calcular sus días infértiles, y cada ciclo se daba la ocasión para reeditar su juego atroz.

De alguna manera hubo alternativas que envolvían lo callado con otras experiencias, con ciertos regocijos que dejaban olvidarse de lo demás, de lo de siempre. La hacía sentirse feliz el pasarse largas horas sumergida en historias fantásticas, en los relatos y las historias que le permitían suponer que después de todo podía ubicar un mundo aparte, sin necesidad de otros niños o niñas a quienes desdeñaba cordialmente porque observaba que no había modo de dialogar realmente con ellos. No conocían ni de oídas las maravillas que a ella le entusiasmaban tanto, tampoco les importaba a todos esos condiscípulos reflexionar aunque fuera un poco sobre tantos sucesos del mundo de los que hablaban las lecciones, sobre la sorprendente predecibilidad de los números, las líneas y las figuras, sobre la gracia que ella encontraba en el lenguaje, en la historia, en la naturaleza, en lo que no tenía que ver con su hogar. Sencillamente no sentía ni un poquito de cercanía con los que presuntamente serían sus iguales. Se sentía diferente, aunque nunca se sintió excluida o separada, por el contrario, eso era parte de lo que le permitía ser de algún modo centro de atención. De alguna manera su locuacidad, su aire a la vez distraído y nervioso la hacían simpática a los ojos de las severas señoritas encargadas del colegio. Parecía estar siempre en movimiento, siempre en contacto con distintas profesoras, revoloteando sin sentido por la biblioteca, indagando, ideando algo para distinguirse en sus responsabilidades escolares e intentando forjarlas como parte de sus más propias inquietudes sobre el entorno, la historia, las noticias, la curiosidad por atisbar dentro y fuera del mundo. Con todo eso podía eludir potenciales motivos de rencor, de temor, de frustración. Pero eran una suerte de ensoñaciones vastas y deliciosas, que no prefiguraban como podrían emerger y concretarse, aunque ella las veía como lo más firme y lo más auténtico de si misma.

A fin de cuentas todo aquello representaba ocasiones gratas. Fuera del hogar se sentía como pez en el agua y en casa todo se desenvolvía impasiblemente, sin alteraciones. Los despilfarros enfermizos de mamá, el terrible (des) control sobre los niños, los aterradores desplantes de Axel, los inevitables pleititos entre hermanos, las consabidas conflagraciones conyugales, todo lo que eran los ingredientes del infiernito doméstico. Lo extraño estaba adentro y era lo habitual. Lo propio se hallaba afuera y sólo en esa medida era excepcional, maravilloso; bastaba salir y todo era distinto, aunque afuera estuviera sola, era la única manera de sentirse vagamente feliz.

Salió bien librada del colegio, abjurando de cualquier vocación confesional. Al ingresar al bachillerato y encontrarse un ambiente radicalmente distinto se sintió aún más estimulada. Se las arregló para exigir respeto a sus actividades escolares asumiendo un compromiso de no alterar las demás reglas establecidas. El siguiente paso fue simplemente avisar que además trabajaría en sus ratos libres. Axel reaccionó estruendosamente, pero no pudo echar por tierra la decisión, porque siguió manteniendo sus más irrenunciables condiciones. Más adelante Lidia ingresó a la universidad y poco después se diagnosticó la enfermedad que llevaría a Axel a la tumba a la vuelta de unos cuantos meses.

Ahora, repentinamente, afrontaba que seguía sin haber mañana. Axel, el tierno verdugo, el absurdo tutor, había desaparecido. Sergio, el ángel voluptuoso, el compañero fortuito y aparentemente oportuno, huía muy inoportunamente. Mamá se mantenía cordialmente al margen, sin pretender nada, sin servir de nada. Los escasos amigos se ocultaban absortos en su propios encuentros y desencuentros entre si y consigo mismos. Esta vez estaba pensando realmente que el futuro no parecía posible. ¿Dónde ir? ¿Qué hacer? Nunca le habían importado ni el pasado ni el futuro. Pero el estallamiento del presente estaba derrumbándolo todo, arrojándola a la necesidad de mirar adelante, tal vez de soñar. Otra vez sola, sin rumbo, sin fe; débil y angustiada; renegando de si misma sin saber por qué, considerando que lo mejor sería eliminarse. Se hallaba insomne, cansada, afrontando despiadadamente que ni era tan brillante ni tan alegre ni tan fuerte ni tan promisoria. Se debatía entre el riesgo de nunca rehacerse, de ya nunca reencontrarse, y el de sucumbir a esa llamativa tentación del fin, al imperativo de abandonarlo absolutamente todo, que parecía no ser gran cosa, de ejercer su derecho a terminar de una buena vez. Sacudió la cabeza, caminó hacia la salida confundida entre los que iban y venían, sin ir a ningún sitio, sin llegar a ninguna parte.

martes, 17 de enero de 2012

Personaje de la noche


La noche transcurría silenciosa; como cualquier otra ya sin tráfico, sin niños, correteando, sin transeúntes errantes, sin parejas tomadas de la mano. Sólo sombras, sólo el rumor de hojas de árboles callejeros, sólo soledad, la paz incierta y frágil de la noche. Me había quedado en la sala leyendo. Hacía mucho que no permanecía ahí hasta tan tarde. Casi siempre me refugiaba en mi cuarto pronto, aunque ahí me sumergiera en la divagación, en la lectura o en la música durante horas arrancadas a las noches. Esta vez no lo había hecho por simple pereza de cambiar de sitio, o tal vez por transgredir el hábito, o por un íntimo deseo de redescubrir ese espacio tan bien conocido esa noche precisamente. Tal vez estaba esperando que ocurriera algo; pero si así fuera no me habría sorprendido tanto cuando tocaron a la puerta.

Me levanté a abrir con la duda a cuestas, con una vaga intuición de que el inesperado recién llegado era alguien conocido por la cordial seguridad con que había golpeado tres veces en la vieja puerta. Cualquiera hubiera preguntado a voces “¿quién?” antes de abrir, pero mi extraña convicción de que sería alguien inevitablemente bienvenido puso de por medio tan conveniente precaución. Mi conmoción fue grande al ver al personaje que estaba tras la puerta. Era un hombre harapiento, joven, que despedía un penetrante hedor a suciedad y solventes, con los ojos enrojecidos, la mirada perdida y un gesto grotesco. Era obvio que se había atrevido a tocar porque la mía era la única casa en la que había luces interiores encendidas. No sé si se percató del horror que me había provocado, y con una voz que me pareció de ultratumba preguntó en un tono entre suplicante e imperativo “¿me regalas un taco?” Con la simple intención de despacharlo de inmediato, apenas atiné a responder atropelladamente “No. No tengo nada que darte”, y cerré la puerta. Pretendí olvidarme en ese instante de la mala impresión que me dejó aquel sujeto; pero en el fondo su estado lamentable y mi negativa a ofrecerle algún alimento me estaban pesando demasiado. Después de algunos minutos decidí salir a alcanzarlo para ofrecerle algo de cenar, no sé si para lavarme la mala conciencia o por auténtica lástima.

Lo busqué por calles desiertas, o que al menos lo parecían, perseguí sombras que no fueron la suya, temí que la aurora se me adelantara y lo disolviera en el fragor de otro día en que su imagen se multiplicaría por miles en otros hombres, en niños, mujeres o ancianos igual de miserables, para no verse más; me obsesioné con una vaga intuición de que él era la razón de haber permanecido esa noche ahí, en la comodidad de mi sala, esperando por nada; me angustié con la creciente sensación de que no lograría hacer algo indefinible que me permitiera reconciliarme con el destino. Estaba dispuesto a que esa noche ocurriera cualquier cosa, algo que sacudiera el desorden habitual del mundo, algo que cuestionara el caos que sobrellevamos siempre como lo más natural, pero la noche fluía igual que si estuviera plácidamente dormido como cualquier otro ciudadano, insensible a lo que la calle despliega cuando nadie está ahí para verlo, enclavado en la febril mecánica de sueños fabulosos y desquiciados. Aquel hombre ni siquiera sospechaba, no podría ni imaginarlo, que tal vez se estaba convirtiendo en el emisario de alguna nueva capaz de apaciguar el torrente de dudas imperante, de combatir el vacío de estos tiempos de perplejidad, de contener el vértigo total al que en noches como esta se ven arrojadas tantas vidas sin certezas.

Tuve que optar por volver a casa y olvidar de algún modo el fracaso en el examen vital que aquella noche me había sido dado aprobar. Anduve aturdido y cansado por una ruta errática que iba trazando inconcientemente, evitando sin saber por qué las avenidas más transitadas y los recorridos habituales, y cuando sólo me faltaban un par de calles vi unos pasos más adelante que alguien dormitaba acurrucado al píe de la cortina de algún negocio. Era él. Tuve que sacudirlo bruscamente para que reaccionara, y cuando por fin lo hizo me miró como si nunca antes hubiera visto a otro ser vivo sobre la tierra.

“Ven conmigo. Puedo ofrecerte algo de comer”. Me pareció que no entendía nada y apenas masculló algunos ruidos ininteligibles, mientras forcejeaba para que lo dejara tirarse a seguir durmiendo. Tras mucho insistir fui venciendo su resistencia y logré que intentara levantarse, empezó a dar unos pasos sin dejar de tantear la pared ni soltarse de mi brazo, y pesaba como si llevara a cuestas todas las cuentas que le debía la vida. El camino a casa resultó ahora más largo que todo lo que había ocurrido hasta que lo encontré, tropezaba uno de cada dos pasos que daba, y cada cuatro quería reclinarse en la pared para dormir, mientras los escasos coches que pasaban aminoraban la velocidad para ver de soslayo a ese misterioso par de noctámbulos forcejeando en un baile torpe y parsimonioso, mientras la ínfima distancia que nos separaba de mi casa parecía un abismo infranqueable.

Cuando al fin entramos pareció sentirse mejor, pues hasta miró entre sorprendido y desconfiado al interior, como descubriendo el amueblado, la decoración, los objetos, la iluminación, la pintura, y todos los demás elementos triviales que forman cualquier apacible paisaje doméstico. Le indiqué que se lavara en el fregadero mientras sacaba algo del refrigerador para calentar. No dejaba de observar su actuar torpe, el ennegrecimiento instantáneo del chorro de agua al tocar sus toscas manos, la inutilidad de la espuma producida por el puñado de detergente que le entregué, el prolongado enjuagarse hasta que el agua parecía ya no enturbiarse bajo sus manos, la dificultad de secarlas con las toallas de papel que le di para que no usara la de tela, la trastornada rutina de un aseo que para él sólo podía representar un ritual extraño. Miró con avidez la humeante ración de guisado del día anterior que le había servido, se sentó a la mesa y apuró el platillo, las tortillas, la salsa, los frijoles y el café como si fueran el último alimento de un condenado, como quien prefiere aprovechar la ocasión antes de que ésta se agote o se convierta en un engaño. Mientras comía traté de que me hablara sobre su vida, pero a mis cautelosas preguntas se limitó a responder con evasivas desconfiadas, a apresurarse aún más, a agazaparse en sí mismo, a demostrar que un mínimo de cortesía le provocaba repulsión. Sin obtener el más mínimo indicio que me revelara algo sobre las alucinantes expectativas que su aparición había provocado, lo despedí a la luz del día que despuntaba. Salió sin mirarme, gruñendo algo que a duras penas pude interpretar como su modo de dar las gracias y caminó con recuperadas fuerzas para retornar a la inevitable destrucción. Tuve que afrontar que nada había ocurrido; aquel personaje terrible no fue ninguna señal esperada, ningún enviado a revelar algo insondable del mundo, ningún ser extraordinario portador de algo terrible. Para mi decepción era simplemente lo que era, lo único que podía ser.

martes, 10 de enero de 2012

Los riesgos recurrentes

“¡Quietos todos! ¡Vete tranquilo chof, y al que se ponga pendejo se lo lleva la chingada!” El escuincle que gritó así espantándome la modorra hasta parecería tierno, si no fuera por el juguetito que portaba con torpeza en la mano derecha, un revolver calibre 22 que mejor ni averiguar si era de plástico. Lo que más me molestó fue que justo antes de la tremenda advertencia empezaba a soñar que tripulaba un poderoso BMW con un superbizcocho como copiloto, circulando por una costera tipo Long Beach cruzada con Acapulco Gold (la memoria es generosa para editar imágenes y el sueño más para producir fotomontajes), y la cosa se ponía algo más que interesante, de seguro alentada por la rola tropichocante pero cachondona que traía a todo volumen el méndigo microbusero. Pensándolo bien, de seguro el secuaz del escuincle empistolado apagó el estéreo para que el susodicho procediera a hacer su estruendoso anuncio; sí no ¿cómo carajos lo oí tan claro? Además, también es cierto que en la semi inconciencia uno es muy perceptivo. Mientras los demás pasajeros ponían cara de “¿mande?”, yo supe de volada lo que estaba pasando. Para variar, no traía ni un clavo, nomás un periódico de ayer, un par de libros que quién sabe cómo fueron a parar a la mochila desde hacía semanas, y unas cuántas monedas para los pasajes. Lo único que faltaba era que por miserable los asaltantes me dieran cran.

El delincuente juvenil empezó a despojar presurosamente de sus escasos valores a los pasajeros. Apañaba relojes y bisutería, arrebataba bolsos y carteras en los que escarbaba ágilmente para tomar el dinero o cualquier prenda y los depositaba en las bolsas de su chamarrota gabacha, al tiempo que arrojaba al piso lo demás. Por su parte, el cómplice amagaba al chofer y saqueaba la morralla y los billetes. Al ver como se consumaba el saqueo, la chava sentada a mi lado, guapa pero ni remotamente parecida a la de mis sueños de autotransporte, me miró con un gesto entre angustiado y apremiante, como exigiendo “¡haz algo, idiota!” Estaba persuadido de que nadie, y menos yo, iba a jugar al héroe, pero al ver esa mirada dudé por un instante de esa convicción tan sensata. De todos modos, cuando casi llegaba a nuestro asiento el artífice de la contrapesadilla de autotransporte, lo que de verdad me inspiraba pavor era la posibilidad de que la fierecilla acorralada a mi lado se abalanzara a arañazos contra mí por mi indecisión para defenderla. La inesperada multiplicación del peligro me hizo sentir nauseas. De plano me parecía que mi pellejo estaba en juego.

El rata se dirigió a ella. La chava soltó su bolsa, que cayó al suelo, y de inmediato ocultó su rostro contra mi pecho, apretándose hacia mí, sollozando, casi al borde de la histeria. Por mi parte, sentí que el mundo me daba vueltas y que me iba a desmayar. En ese instante me di cuenta de que las situaciones peligrosas nunca son como las vemos en la tele. Nuestro villano levantó la bolsa, esculcó en ella, sacó el dinero, la desechó sin más y avanzó al asiento de atrás. A esas alturas mi corazón era una máquina desbocada, sudaba a chorros y la presión de la chava me asfixiaba, como si su llanto se robara el tenebroso oxígeno de mis pulmones. Luego vi tras mis gafas oscuras un sol sonriente, un cielo casi metálico de tan radiante, nubes como montañas flotantes y un océano vasto y susurrante. La brisa me esculpía un rostro sereno y alborotaba mi cabello al tiempo que enredaba en mi cuello el de la espectacular copiloto abrazada a mí, la velocidad aumentaba y un camino sin obstáculos incitaba a correr más, a escaparse, a volar, a olvidar todo, el peligro, la muerte, la realidad. Era un momento de esos en que no puede pedírsele nada a la vida. La copiloto se separó de mí para subirle al estéreo, que empezaba a tocar una alucinante rola de Bjork, y mientras la tarareaba se asomó a la ventanilla y agitó la cabeza desbordando su melena al golpe del aire. Luego se apoltronó en su asiento y tomó mi mano, al tiempo que exclamó “¿No crees que hay momentos en los que no importa la muerte?” “Será porque en ellos la muerte no existe”, le dije mientras su imagen se disolvía en el brusco alejamiento de una chava horrorizada que por un momento pareció poner su vida en mis manos. Se levantó, entre indiferente y decepcionada del héroe que nunca apareció, recogió su bolso y se apeó junto con otros pasajeros que parecían huir de la peste, o por lo menos del mal rato. De los asaltantes, ni rastro. Tras la conmoción, que fue lo más parecido a un aterrizaje forzoso que puedo imaginar, tomé mi intacta mochila y bajé tratando de huir también de esa sensación de que a veces, muchas veces en esta desquiciada ciudad, no importa la vida.

martes, 3 de enero de 2012

La supervivencia heroica en la Ciudad Invisible (o la vida cotidiana como Odiosa Odisea)


Una vez que hemos transitado tortuosamente de la concepción romántica y heroica de la historia a la igualmente ingrata concepción nada romántica de la simple supervivencia heroica, estamos más lejos que nunca de saber algo que permita responder a las añejas preguntas fundamentales: quiénes somos, de dónde venimos, dónde vamos, para qué estamos aquí. Entre la crisis y la incertidumbre se han hecho lugar común los milenarismos, las visiones apocalípticas, los fundamentalismos, la superstición, a todo lo cual se añaden las asechanzas más diversas, de los Malosos al Chupacabras, pasando por presumibles encarnaciones del mal a la vez tan concretas y tan inconmensurables como el SIDA y el neoliberalismo.
Cuando todo es tan drástica y crudamente incierto, inaprehensible, ya no alcanzamos a distinguir entre una imagen y una simple pantalla, una proyección artificial. Frente a una realidad explosivamente informe, en un mundo sin pies ni cabeza, los hombres y mujeres comunes y corrientes afrontan que el acto elemental de supervivencia es rolar sano y salvo por la turbulencia de la urbe; por el escabroso paisaje de trampas, incógnitas, encantos y horrores de la vida aquí todos los días que de tanto ser más y más así ya ni se distinguen uno de otro, ocurren tantas cosas que finalmente termina por no pasar nada, nada.
El acto de supervivencia implica irremediablemente persistir aún con la frustración de las miradas indescifrables y evasivas, los roces agrestes en todas partes, en cualquier circunstancia, los aromas sórdidos (esa hediondez de un mar de almas descompuestas), la estridencia infinita, infinitamente creciente; en fin, la violencia condimentada con cualquier cantidad de mierda que hay que tragarse cada día.
Ante esto, permanecer sobre el fatal filo entre la simple cordura neurótico histérica y la auténtica esquizofrenia radical, es de suyo todo un acto de heroísmo. ¿Qué pasaría si entre este torrente devastador un par de soledades encontraran un pretexto cualquiera simplemente para decir algo así como “hola, me gustaría saber algo de ti, más allá de tu inquietante mirada”? ¿Qué pasaría si así fuera, únicamente para reivindicar un poco así la locura? Pero nadie dice nada, ni así ni de otro modo, y las soledades al borde de la provocación se distancian, perdidas entre la infranqueable oleada de ires y venires...
Así, cuando la consigna es “¡sálvese quien pueda!”, hasta el encuentro entre los amantes parece utópico; pero ocurre precisamente porque resulta casi imposible; porque en el breve suspiro de la existencia cada quien logra aferrarse a algún fervor, porque la funcionalidad de los espacios es invariablemente frágil. Los cruceros constituyen auténticos teatros; las esquinas son los vértices del amor, de la locura, de la inocencia, del resentimiento, de la muerte, de tragedias, de comedias, de sátiras, de las obsesiones más insospechadas, de la indiferencia más absoluta. Y a lo largo de todos los espacios se tejen historias infinitas que no podemos ni imaginar. A nadie le importan, y si importaran no serían tan fugitivas. Aun los seres más convencionales incurren en las más sorprendentes excentricidades, aun los más aborrecibles se ven tentados al desliz afectivo; todos necesitan el vértigo del peligro, todos necesitan el consuelo del amor; todos estallamos en la risa cruel contra el sufrimiento, o por él, todos sucumbimos bajo la densa lápida del olvido. Todos deseamos que persista por siempre la alegría, todos tememos que prevalezca la amargura; nadie ha demostrado que no puedan coexistir ni que se aniquilen recíprocamente, en el horror de lo que ni puede terminar ni puede durar para siempre.
Más allá de las obsesiones y las indiferencias se va de lo lúdico a lo vegetativo, para poder volver luego a aquello que es inefable. La cascarita reconstruye a la calle en un torneo donde automóviles, peatones, guarniciones, postes, cables, famélicos arbolillos, puertas, ventanas, bardas, encharcamientos, son simples elementos de la cancha. Y tras la competencia el triunfo y la derrota se consagran brindando en esas banquetas y sobre esos coches estacionados que primero fueron mudos testigos de las hazañas previas. Cualquier sitio transitado es centro de discordia, para devenir en mercado, para intercambiar tanto chucherías inevitablemente evanescentes como sentimientos implacables, tan poderosos como un asomo de infinito, capaces de prometer instantes que permitirán desdeñar el horror al futuro. Cualquier prado amarillento y tierroso con una leve sombra es oasis para la siesta, para el sueño contra la razón, y entre los más afortunados para el intenso y furtivo cachondeo, otra forma de sueño contra la razón, que hasta puede proveer de regocijo a ávidos voyeristas.

Al mirar y ser mirados en tantas y tantas circunstancias desplegamos la imagen y nos apropiamos de lo que fuimos capaces de inventar en ella. Eso es lo que nos queda, propio y auténtico aunque tan insignificante como la lágrima bajo la lluvia del que sabía que moriría sin tener más tiempo, sin haber obtenido del Creador nada más que explicaciones inservibles y consuelos estúpidos, del que asumía un destino fatal desprendiéndose del odio contra el derrotado verdugo, tan odiado tal vez por ser de algún modo hermano.
Cada quien tiene que rolar por la Ciudad a su manera, sin apostar por la memoria, sin aspirar al relato perfecto, condenado a sucumbir al presente infinito; para que la Ciudad pueda seguir siendo Invisible.